Desde la ventana de mi ciudad

viernes, 30 de noviembre de 2012

" Se fue ", Relato Corto ganador del Concurso Literario, " La noche de las Quimeras "

Alfonso Miranda, escribiendo su Relato Corto, en el concurso " La noche de las Quimeras ".

La organización del I Certamen Internacional de Novela Histórica " Ciudad de Úbeda ", ha tenido la deferencia de facilitarme el link: http://ubedasemerturismo.blogspot.com.es/2012/11/relato-ganador-de-la-noche-de-las.html, para acceder al Relato Corto ganador en el concurso " La noche de las Quimeras ", recientemente celebrado durante la programación del Certamen de Novela Histórica  y que tuvo como ganador al Relato que lleva por nombre " SE FUE ", obra del conocido ubetense Idelfonso Miranda Pérez. 

No obstante y para que tenga más difusión, les dejo el texto en mi blog, espero que lo disfruten, y aunque tuve el honor de felicitarlo en la misma recepción del premio, desde aquí lo vuelvo a felicitar por tan brillante narración. ¡ ENHORABUENA AMIGO ALFONSO !

Idelfonso Miranda, recibiendo el premio de manos del escritor Britanico Simón Scarrow.



 "SE FUE"

Apenas si había conseguido juntar un par de papeles frente al escritorio cuando se dio cuenta que algo le faltaba. Algo había incompleto, no sabía identificar qué era pero en su interior sabía que estaba sin rematar. 

        Esa mañana había bajado por las escaleras como cualquier otro día del mes de enero. Eran las once y había tiempo más que suficiente para completar aquella jornada que se presumía interesante. 

      Al encontrarse frente a la puerta se dio cuenta que la calle estaba mojada, la misma calle del Bote de toda la vida de Dios había cambiado de configuración y su aspecto inicial se había intercambiado la tonalidad con un blanco inmaculado, quizás debido a la gélida temperatura del exterior. 

      Sabía que tenía que ir hacia los frailes, como todas las mañanas, pero ese día fue diferente. Ni él ni nadie a su alrededor podían imaginar lo que allí iba a suceder. Continuó a lo largo de la calle tornada de blanco y prefirió  dar una vuelta girando por la calle Matillas, pasando por la fachada del Peris, como cualquier otro día. Esta vez, la soledad de la puerta le había confundido. No sabía por qué , pero estaba más solo que nunca. Mujeres y vecinas que normalmente solían estar limpiando la puerta esta vez se habían quedado dentro, al calor del hogar. 

     Lo único que parecía cierto de todo lo que él estaba viendo es que el perro del vecino seguía ladrando como ayer y lo hacía de la misma forma cansina y acompasada que lo había venido haciendo a lo largo de todo el verano anterior. Sin embargo, aquella mañana su ladrido se le antojaba completamente diferente. No estaba acompasado, de su garganta no salía ese ladrido rotundo de otras veces. Esta vez no. 

    Conforme iba bajando por la calle Matillas no iba dando crédito a las imágenes que su mente le iba soltando. Flashes que poco a poco iban tornando con caracteres de realidad. Pasado y presente se empezaban a mezclar en un estadio intermedio entre la incredulidad del momento y la desesperanza de comprobar que todo iba casando, que las piezas desordenadas poco a poco iban tomando forma. 

      Empezó a darse cuenta que lo acontecido durante la noche y primeras horas de la madrugada en aquel frío primer piso de la calle del Bote dejaba de ser un mal sueño. En verdad que empezó a temer por la maldición de Don Beltrán de la Cueva, que decían las malas crónicas que había esparcido por cuantos habitantes osaran morar en la calle que lleva su nombre. 

            Sin embargo, las confusiones propias del momento solo le hicieron ver que, en el fondo, seguía siendo humano. Sus miedos nocturnos, sus terrores vividos durante ni una ni dos madrugadas en aquel sombrío primer piso de la calle de Beltrán de la Cueva iban tomando forma. 

     Anoche el capítulo de terror vivido en aquella sala, convertida en salón del hogar con dos ventanales hacia un patio de luces compartido, le habían marcado de por vida. No habían dado ni las dos de la madrugada cuando un breve pero intenso crujido le hizo ponerse de pie. El hiriente sonido provenía de aquel oscuro pasillo del primer piso. El que siempre le había dado miedo atravesarlo porque su ángulo de 90 grados hacía imperceptible lo que ocultaba la otra cara de aquel lúgubre lugar. 

     Decía que apenas si quedaban unos minutos para que en el reloj del salón que papá había comprado aquel verano diesen las dos de la madrugada para que aquel crujido cambiase su vida. Provenía del pasillo, de la misma pared que daba con la casa de al lado, con el dormitorio de Catalina, aquella señora castigada por el paso de los años y ajada por el descomunal esfuerzo que a lo largo de su vida había tenido que hacer para sacar adelante a todos los miembros  de su familia. 

    Pero aquel ruido era diferente. La pared que servía de lindero pareció como si quisiese venirse abajo de golpe. Qué tremenda fuerza habría sido capaz de hacer sonar la pared de aquella forma. Ni se sabe ni nunca más se supo qué pasó en aquel primer piso de la calle del Bote de Ubeda.

       Lo único que había de cierto es que él no tuvo más remedio que saltar del sillón del que estaba plácidamente aposentado aquella fría noche de enero. Soliviantado por el estruendo y acongojado por lo desconocido y por lo inexplicable de la situación. Situación que se fue tornando cada vez más tenebrosa por los efectos colaterales que aquel crujido de la pared había provocado en los pocos adornos que colgaban de la pared del salón contiguo. El reloj que había comprado papá quedó paralizado cuando apenas habían pasado treinta segundos de la una y cincuenta nueve minutos de aquella terrible madrugada.  El quinqué de la abuela Isabel, que había venido con ella desde Algeciras, se había soltado de la punta que le sujetaba. El marco que contenía la foto de familia también había sido vencido por el descomunal movimiento de la pared. En definitiva, que todo había sido descolocado, todo girado y todo cambiado de su originaria posición.

      Segundos después de aquel movimiento de pared, que no terremoto, no tuvo más remedio que echar la mirada hacia donde él no quería. Le esperaba la oscuridad, la negrura de la madrugada entrelazada con la ausencia de luz de aquel lúgubre pasillo que daba a los cuartos de baño y a aquel perdido dormitorio en el que descansaba, su cuarto. 

            Y no le quedó más remedio que mirar y ver. Ver y comprobar que el miedo que le tenía atenazado no era casual, era verídico y que no le dejaba ni mover ni uno de sus músculos. En su cabeza aún resonaba el tremendo crujido que había dado la pared blanca de aquel pasillo convertido en camino de la muerte. No quería dejar que su mente se convirtiera en una auténtica película de miedo, pero su subconsciente le seguía traicionando. O quizá no. 

            Lo único cierto es que del sobresalto del momento, de la paralización de su estructura ósea había sacado una conclusión: seguía siendo humano, por el momento. Lo verdadero seguía confundiéndose con la quimera, ésta a su vez con lo indeseable, pero todo, al fin y al cabo, mezclado en un cocktel mortal. Tan humano seguía convencido que fue capaz de avanzar un paso, no sin antes darse cuenta que aquellos pequeños centímetros de distancia que ahora separaban un pie de otro le habían costado más de la cuenta. Pero había sido capaz de vencer al miedo a lo desconocido, o no, quién sabe. 

         Después del primer paso fue capaz de dar un segundo, luego un tercero y así sucesivamente hasta situarse en la esquina de aquel lúgubre pasillo. Aquella trágica esquina que era la que daba al dormitorio de Catalina, la vieja vecina que durante los días anteriores había estado a punto de morir una noche sí y la otra también. Fue capaz de ver con sus propios ojos que había un pequeño desconchón justo encima de la orza que su madre siempre solía dejar en la esquina de aquel pasillo como signo en la oscuridad de que había que girar, bien se fuese hacia el cuarto de baño bien se viniese hacia del salón desde aquel perdido dormitorio de aquel primer piso de la calle de Don Beltrán de la Cueva. 

    Al levantar la mirada hacía el desconchón no podía dar crédito a lo que sus ojos empezaban a distinguir. Había un hueco en la  pared. Una cavidad que entrelazaba sus dos mundos, el real y el imaginario, el pasado y el presente, el miedo y la sensatez. Fijó su mirada hacia el hueco que había dejado el desconchón de la cal mezclada con la tierra de adobe y pudo distinguir una pequeña luz al final de aquel lúgubre túnel que entrelaza dos mundos. Y vio lo que nunca quiso ver, lo que nunca su mente había tejido lo suficiente como para que tuviese signos de veracidad. 

            El la vio, tumbada sobre su cama, tapada hasta la boca por aquella colcha de ganchillo que cuántas veces no la había visto tejer durante las tardes de verano sentada sobre el quicio de su pequeña puerta del número 12 de aquella calle del Bote. La verdad ahora era bien diferente. Ella estaba inmóvil sobre el viejo colchón de aquella cama de tubos metálicos y cabecero ruidoso. 

            La mirada de aquella vieja señora se había quedado fijada sobre la fea lámpara de aquel pequeño dormitorio. Sus ojos abiertos habían dejado escapar los últimos signos de vida que le habían quedado para dejar inmóvil un cuerpo ajado por los años y desaliñado por la enfermedad. 

        El había confirmado con su mirada que lo acontecido no había sido fruto de la casualidad. La anunciada muerte de Catalina le había dejado una señal tal y como ella lo había predicho en su día, aquella tarde de verano cuando le dijo que una mañana de enero, con las calles blancas por el frío de la madrugada, su cuerpo sería sacado a hombros por aquella estrecha puerta de la calle del Bote de Ubeda. 

            Presagio del que él nunca quiso darle la menor de las importancias porque nunca había creído en vaticinios. 

            Ahora, muchos años después, la visión de aquella vieja mujer, Catalina, había sido cumplida con exactitud. 

            En su escritorio seguía faltando algo y empezaba a adivinar qué podría ser. Durante más de una década un pequeño amuleto, con aspecto de medio cuerpo humano, había presidido su mesa del despacho. Hacía muchos años, aquella mujer, Catalina, se lo regaló una mañana de primavera con la esperanza de que siempre presidiera sus acciones y pensamientos en la que tuviera que ser su mesa de trabajo y estudio. Es más, ahora empezaba a  recordar cómo Catalina fue capaz de vaticinar que a su muerte y solo cuando su alma tuviese el descanso eterno ese amuleto desaparecería de allí.

       Ahora él había caído en la cuenta y ya sabía que todo en la vida tiene una explicación. Ella se fue, ella se había ido definitivamente y su amuleto le acompañaría en el viaje eterno. 

            El giró al final de la calle Matillas hacia la izquierda. Siguió adelante pasando por la puerta del Blanquillo y vio como la puerta principal seguía cerrada. Pero continuó. Pasó por delante de la puerta de Rosendo y vió que estaba cerrada. Giró a la derecha e inició el suave ascenso de la puerta lateral de los Frailes hasta encarar la figura de San Miguel y su espada. 

            Bajó la mirada como intentando buscar algo hasta toparse con la esquela de Catalina. Qué menos podía hacer que asistir a una misa por su alma. Ella se fue, pero su espíritu siempre rondaría las esquinas de la calle del Bote como una de las almas en pena más que todas las madrugadas deambulan cogidas de la mano de Don Beltrán de la Cueva. 

IDELFOSO MIRANDA PÉREZ


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